Una barca descansa lejos de la orilla. El mar apenas respira. Cielo y agua se confunden en un gris perlado que disuelve las fronteras.
El tiempo parece suspendido. No trabaja, pero tampoco está desahuciada. Sus cicatrices permiten navegar. Solo es un «entretiempo», un modo de existir fuera de la utilidad.
Un recordatorio de que también los objetos, los cuerpos o las vidas pueden reposar antes de volver al agua.
Me escribe una amiga quejándose de que se ‘entretiene’ mucho con demasiadas cosas, y me pregunta si a mí me pasa algo semejante. ‘¡A Noé le vas a hablar de la lluvia!’, murmuro para mis adentros. De sobra sabe ella que sí. Y no sólo es que yo me entretenga con facilidad sino que me distraigo con casi cualquier cosa. A tal efecto, me valen por igual una noticia irrelevante oída en la radio que mirar por la ventana y ver llover; la disposición de los papeles o pequeños objetos que me encuentro cada mañana sobre la mesa donde escribo –taza de café, lápiz, agenda, bolígrafo, cargador del móvil, notas, papeles, el manuscrito de un poemario inédito de Paco Layna…– compite en interés, en capacidad de distracción, con los pensamientos que ocuparon mi mente desde que me desperté hoy a las 6.23 hasta que encendí la radio a las 7.15…
Vuelven a ser necesarios los refugios para sobrevivir al bombardeo de la mañana. La voz de los amos, (que no de políticos), arrojadas por los medios de comunicación, atraviesan hasta las trincheras. Las sirenas hace tiempo que dejaron de ser intermitentes.
Hay algo peor que la guerra, dice Angélica Liddell: cuando la vida entera se transforma en un crimen. En ello estamos. Asistiendo al hambre, a la miseria, a la insolidaridad, al despojo de la mayoría mientras engordan los escasos favorecidos. Con la mirada pasmada ante la risa imbécil de los dirigentes.
Construyamos urgentemente grandes extensiones de guaridas antipatraña, antipropaganda, antiadormidera, antimanipulación. Con quirófano, escuela y jardines por los que pasear, contemplar la belleza, reflexionar y construir un futuro distinto sobre la tierra. Comenzando en los bajos de nuestra propia casa.
Necesitamos recolonizar nuestro hábitat de una manera mucho más digna.
“La cura para todo es siempre agua salada: el sudor, las lágrimas, el mar”. Karen Blixen
Cuenta Jesús Marchamalo que Karen Blixen llegó al puerto de Mombasa, “que suena como una campanilla, kilindini, con su equipaje, una enorme pamela, traje blanco y sombrilla, en un bote de remos”, y no es difícil imaginar su voz años más tarde, rebosante de África, pronunciando con sonido magnético: “la cura para todo es siempre agua salada…”
“Nada bello se consigue sin esfuerzo”, dice el maestro de espada al pequeño Teseo, de André Gide, mientras protesta por el ejercicio obligado. Sólo con ahínco vencerá -y venceremos- los obstáculos que hienden la vida. A fuerza de sudor, real o metafórico, triunfa cuerpo y voluntad. Sudor. Agua salada.
La revelación de los sentimientos intensos apresura lágrimas. “El exceso de pena ríe. El exceso de dicha llora” escribe Willam Blake. Pero bien pueden llorar ambos extremos hasta la catarsis que restaura el bienestar. Lágrimas-bálsamo. Agua salada.
“El mar. La mar /El mar. ¡Sólo la mar!” proclama Alberti. El susurro rítmico de las olas, el arrastre infinito de la arena, el horizonte inagotable, el sentimiento de inmensidad, la contemplación que restaura el espíritu, –cum templum– como en un templo. Mar, agua salada.
Karen Blixen regresó a Dinamarca, continúa Marchamalo, e instaló su vieja máquina de escribir en una pequeña habitación de grandes ventanales. Quizá allí redactó esta corta receta medicinal para el botiquín básico del siglo XXI y cambió para siempre nuestra percepción del empeño, el dolor y el paisaje. Aprovechen esta nueva mirada para crecer con el esfuerzo, evolucionar con las penas y rebrotar con el mar.
Este texto se publicó en el la Gaceta Castilla y León en noviembre de 2017. Puedes leer algunos textos del periódico en su blog: https://gacetadecastillayleon.com/
Reserva Natural das Dunas de Sao Jacinto. Portugal.
La alegría es un placer del alma. El eco entusiasta de la fiesta a la que el cuerpo asiste sin necesidad de horarios ni preparación.
Es verdad, como asegura Trapiello, que la belleza siempre lleva traje de diario y la encontramos cualquier día, en cualquier espacio sencillo, acompañada del silencio y el pensamiento. Espectacular atardecer de música y champagne visual.