Trigales que ya no están, o están a trozos. Estaciones que no cambian de color. Campos abiertos, ahora cercados y panelados: esta vez sí se le han puesto puertas al campo. Quedan preguntas. ¿Quién decidió clausurar estos campos?,¿quién cobra el arriendo y quién pierde la tierra que trabajaba?,¿qué le queda al municipio, además de la valla?
La transición energética, cuando ignora la vida que pisa, repite la vieja lógica extractiva. Aquí no recoloniza la hierba: recoloniza el contrato. ¿Qué recolonizará este suelo cuando caduquen los paneles?
La encina se inclina como si tomase aire. El horizonte es alto y la luz, blanca azulada. El paisaje no espera detrás: narra. La intervención, ese polvillo de anillos lechosos y brumas bajas, hace visible lo que sustenta la escena y casi nunca miramos: esporas, humedad, alientos del sotobosque, sudor. Mirar así es apartarse un poco, dejar al árbol y a la atmósfera que lo envuelve, y nos abraza, su propio gesto. Quizá así podamos escuchar otras lenguas.
Lo imposible, aquí, es método: una capa fotográfica y otra dibujada donde naturaleza y técnica se componen juntas. Sin estrépito, con lentitud: corteza plateada, giros del tronco, rumor efervescente del suelo y la hierba. La imagen pregunta por lo importante que no vemos (pequeños brotes, insectos ínfimos, vapor de humus) y por lo que falta: cuidados, manos, tiempo.
¿Qué podemos devolver nosotras? Un uso que no arrase, recoger las pequeñas basuras, una conversación abierta con quien habita el lugar, pedir al ayuntamiento que cuide lo que también es suyo.
Si el aire tuviera escritura, quizá se parecería a estas marcas suspendidas; leerlas sería aprender a respirar con el territorio.
Vestir con flores el fracaso. Por compasión, sosiego a los despojos mientras duran.
A veces no es posible cambiar el momento, las circunstancias. Solo queda tender serenamente un espacio de atención y escucha. Sostener la mirada ética sobre el dolor, sin explotarlo, sin negarlo. Importa estar, sostener, resistir… «mientras dura».
La barandilla de flores inventadas acabará siendo innecesaria.
Limón y laurel. Respiración y memoria. La lengua saborea el color y lo vuelve materia: ¿Quién asegura que los colores reales no son los soñados, o aquellos que deseamos encapsulados sobre la laringe que alimenta los pulmones?
Los versos robados a Francisco Layna de su poema “Para después de los Ángeles que huyeron” (Tierra impar, AErea / Carménère), son la puerta a otro conocimiento posible. Tomo sus versos como umbral: el amarillo celebra mientras el azul nutre.
“…/El color contrario del blanco es el rojo, decía Pastoreau,/ historiador de los animales. Antes había dos colores/negros. También la sal dejó de existir. /El amarillo era para las fiestas y el azul se comía, limón y/laurel.”
La imagen responde a esta gramática simbólica (histórica, sensorial, política) y la devuelve al presente en el campo de saberes sensitivos y lingüísticos. Leer así el color es otra manera de escucha activa: del cuerpo, del territorio y de sus latidos. Lo mínimo, un cítrico o una hoja, se vuelve atlas.
«Como por estos sitios tan sano aire no hay, pero no vengo/ a curarme de nada./ Vengo a saber qué hazaña/ vibra en la luz, qué rebelión oscura/ nos arrasa hoy la vida.» Claudio Rodriguez. Primeros versos del poema «Ciudad de meseta»
El poema es de meseta; estos paisajes, del sureste árido. Pero la pregunta es la misma.
Badlands como partitura: estratos, surcos, sombras que marcan un compás de eras geológicas. La vista se expande y obliga a respirar más hondo; la escala humana se encoge sin desaparecer. Aquí el «silencio» nos recuerda que no somos centro: apenas un tránsito. Las fotografías retienen ese acuerdo frágil entre vastedad y cuidado, cuando el ojo aprende a mirar sin apresurarse y el cuerpo se vuelve barómetro de luz y aire. O paz.