
Toda fotografía es un pillaje al tiempo. Una moneda ofrecida a la memoria que recibe el fruto. El ojo elige.
Cada imagen es una secuencia rota, un pequeño vestigio inalterable y libre, que sostiene el pasado como camino hacia el futuro.
El viejo muelle abandona la creación que le fue dada. Se diluye en el agua cerrando el ciclo de una forma de vida y de unos pescadores sin relevo. Prepara tiempos obligados, inciertos puntos de vista desde estados desconocidos.
En general, así también le ocurre a la vida humana: una sucesión de entregas y disoluciones.
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Abandono el anterior blog, que me acompañó durante 5 años, para iniciar este nuevo viaje repleto de fugas, y el mismo objetivo de siempre: reflexión y, si puede ser, gozo.