
La ciudad que amaba nuestro amigo sigue siendo la misma. Ha habido algún cambio, pero se trata de cambios menores. […] Nosotros ahora vivimos en otra parte, en otra ciudad muy distinta, y más grande. […] Pero cuando regresamos, nos basta con cruzar el vestíbulo de la estación y caminar por la niebla de las avenidas para sentirnos como en nuestra casa.
Natalia Ginzburg, primeras líneas de «Retrato de un amigo», en Las pequeñas virtudes. Traducción de Celia Filipetto. Barcelona, Acantilado, 2002.
Ginzburg escribe sobre Turín, y el amigo del retrato es Cesare Pavese. Estas calles son de Lisboa. La ciudad que se ama no se deja fotografiar: se reconoce al volver.
Somos seres finitos: caminamos entre el inicio y el fin sin salir del espacio-tiempo que nos tocó. El país, el momento histórico, lo vivido, lo hablado con otras personas: todo eso hace que el ciclo biológico sea solo una parte pequeña de la crónica.
Y porque tenemos palabra, es la narración del yo y de sus circunstancias la que viste de sentido cada vida. Como en cualquier relato, releemos páginas y reinterpretamos los días.
¿Qué ha cambiado en la ciudad? ¿Los bares donde reíamos? ¿Qué, del olor de las droguerías? ¿Y del tiempo extraviado en aquel transporte lento? ¿Dónde la sombra de los castaños? ¿Es distinta la música del atardecer en las calles? ¿Qué hace un banco en la tienda de ultramarinos?
Publicado en la columna «Leer, para vivir mejor», Gaceta de Castilla y León, 16 de marzo de 2016. La dirección original del artículo dejó de funcionar tras un cambio de la web del periódico.
Ver también
- Resiliencia — Transformación.
- Infinitivos otoñales — Tiempo cíclico.
- Cuando la supervivencia se convierte en resistencia — Memoria y reparación.
