Una barca descansa lejos de la orilla. El mar apenas respira; las olas llegan casi en silencio. Cielo y agua se confunden en un gris perlado que disuelve las fronteras.
Sé que mañana vuelve al agua. Y me pregunto por qué necesito saberlo para mirarla sin inquietud; por qué una barca quieta solo me parece en paz si alguien me asegura que sigue sirviendo.
Entretiempo no es la espera del próximo viaje, sino el intervalo que no rinde cuentas. Sus cicatrices no son un aval. Tampoco la firma de su destino. No trabaja y tampoco está desahuciada: ninguna de las dos cosas la explica.
Le escribí a Luis Alonso que me entretengo con demasiadas cosas. Me contestó desde su blog que él se distrae «con casi cualquier cosa». Llamar a eso perder el tiempo ya es una forma de contabilidad.
Por el momento, la madera aguanta el peso de no ir a ninguna parte.
«La cura para todo es siempre agua salada: el sudor, las lágrimas, el mar». Karen Blixen
Cuenta Jesús Marchamalo que Karen Blixen llegó al puerto de Mombasa, «que suena como una campanilla, kilindini, con su equipaje, una enorme pamela, traje blanco y sombrilla, en un bote de remos«, y no es difícil imaginar su voz años más tarde, rebosante de África, pronunciando con sonido magnético: «la cura para todo es siempre agua salada…»
«Nada bello se consigue sin esfuerzo«, dice el maestro de espada al pequeño Teseo, de André Gide, mientras protesta por el ejercicio obligado. Sólo con ahínco vencerá -y venceremos- los obstáculos que hienden la vida. A fuerza de sudor, real o metafórico, triunfa cuerpo y voluntad. Sudor. Agua salada.
La revelación de los sentimientos intensos apresura lágrimas. «El exceso de pena ríe. El exceso de dicha llora» escribe William Blake. Pero bien pueden llorar ambos extremos hasta la catarsis que restaura el bienestar. Lágrimas-bálsamo. Agua salada.
«El mar. La mar /El mar. ¡Sólo la mar!» proclama Alberti. El susurro rítmico de las olas, el arrastre infinito de la arena, el horizonte inagotable, el sentimiento de inmensidad, la contemplación que restaura el espíritu, –cum templum– como en un templo. Mar, agua salada.
Karen Blixen regresó a Dinamarca, continúa Marchamalo, e instaló su vieja máquina de escribir en una pequeña habitación de grandes ventanales. Quizá allí redactó esta corta receta medicinal para el botiquín básico del siglo XXI y cambió para siempre nuestra percepción del empeño, el dolor y el paisaje. Aprovechen esta nueva mirada para crecer con el esfuerzo, evolucionar con las penas y rebrotar con el mar.
Este texto se publicó en la Gaceta de Castilla y León en noviembre de 2017. Puedes leer algunos textos del periódico en su blog: https://gacetadecastillayleon.com/
Reserva Natural das Dunas de Sao Jacinto. Portugal.
La alegría es un placer del alma. El eco entusiasta de la fiesta a la que el cuerpo asiste sin necesidad de horarios ni preparación.
Es verdad, como asegura Trapiello, que la belleza siempre lleva traje de diario y la encontramos cualquier día, en cualquier espacio sencillo, acompañada del silencio y el pensamiento. Espectacular atardecer de música y champagne visual.
Morder la tapa, clavar las uñas en su borde. Agrandar la rendija. Resistir el miedo. Respirar otro aire, sacar la lengua. Lamer “lo otro”, captar su sonido. Alimentar el pensamiento. Abandonar la cápsula. Escabullirse.
Abandono el anterior blog, que me acompañó durante 5 años, para iniciar este nuevo viaje repleto de fugas, y el mismo objetivo de siempre: reflexión y, si puede ser, gozo.
Imagen, pensamiento, algún proyecto, lecturas. Si te animas a pasear por aquí, aunque sea algún instante, gracias por tu visita, y espero que sea un disfrute.
La vía escapa del marco y parece atravesar el muro. No lo destruye: lo atraviesa. Es la imagen de un comienzo y también de una obstinación: la necesidad de seguir, sabiendo que algo queda atrás.
Esa línea de hierro inaugura un territorio nuevo, el de la reflexión en movimiento, porque no es posible pensar en modo estático. El mundo avanza o retrocede. No descansa. Cada proyecto, cada entrada será una tentativa de comprender el trayecto.
“Fugas” fue y sigue siendo eso: un viaje entre pensamiento y gozo, entre lo que se ve y lo que aún busca forma.