Trigales que ya no están, o están a trozos. Estaciones que no cambian de color. Campos abiertos, ahora cercados y panelados: esta vez sí se le han puesto puertas al campo. Quedan preguntas. ¿Quién decidió clausurar estos campos?,¿quién cobra el arriendo y quién pierde la tierra que trabajaba?,¿qué le queda al municipio, además de la valla?
La transición energética, cuando ignora la vida que pisa, repite la vieja lógica extractiva. Aquí no recoloniza la hierba: recoloniza el contrato. ¿Qué recolonizará este suelo cuando caduquen los paneles?
Hiedra en el dintel, musgo en las piedras cinceladas, cantos de pájaros en la nave a cielo abierto: Valsurbio, Montaña Palentina, a pocos kilómetros de Camporredondo de Alba. Deshabitado desde noviembre de 1970, hoy el pueblo muestra cómo la naturaleza recoloniza lo humano y nos obliga a pensar en la huella que dejamos. Serie documentada en 2024.
Valsurbio, la iglesia.
La muestra ocupaba las cuatro paredes de la sala. En una, las catorce cianotipias fotográficas de Valsurbio. Enfrente, las catorce intervenidas: la misma serie, pero cubierta poco a poco con cúrcuma, jabón, limón y plantas recogidas allí mismo, hasta que la última ya no tiene imagen, solo materia. Quien entraba quedaba en medio y podía pasar de una pared a otra girando la cabeza. En la pared corta, las seis cianotipias botánicas grandes, cada una con el nombre de su planta: helechos, pino, escobas, hayas… Y en la cuarta, una edición de Ajuar personal hecha para la Fundación, expuesta junto a todos los objetos que sirvieron para imprimirla.
La guarda: una botánica completa abría la serie, y otra la cerraba.El negativo digital, antes de pasarlo a acetato.Nº 11: el mismo muro, ya en cianotipia. Sin virar.Otra de las fotográficas: la ruina entre los troncos.Nº 20: el virado cruza la imagen, desborda el papel y deja el título a medio escribir.Nº 27: queda poca imagen debajo.
Fundación Díaz-Caneja · Centro de paisaje, medioambiente y ruralidad. Sala 1, del 30 de mayo al 30 de junio de 2024. Exposición perteneciente al festival Pallantia Photo.
La pared corta: helechos, pino, escobas, hayas.
La última familia cerró su casa en noviembre de 1970. A los pocos días la puerta estaba abierta. No fueron extraños: fueron vecinos de los pueblos de alrededor, que subieron a llevarse camas, muebles y tejas de casas ajenas. Quitar las tejas es abrir el tejado a la entrada del agua. Antes que la hiedra llegó la mano, y la hiedra entró por donde la mano había abierto.
Una de las pocas casas con ladrillo. Todo lo demás es piedra del sitio.
En Castilla y León la despoblación, acelerada desde los años 60 y 70, dejó casas y corrales vacíos que la vegetación convirtió en refugios. La «recolonización» por especies locales es la sucesión ecológica natural: hiedra y zarzamora en los muros, robles jóvenes en patios, musgos y líquenes sellando juntas; corzos, rapaces y pequeños mamíferos rehacen rutas y abrigos. La ruina se convierte, a la vez, en hábitat y archivo. El ecofeminismo de Alicia Puleo (Ecofeminismo para otro mundo posible, Herder, 2011) pide para este paisaje una mirada que no separe cultura y naturaleza. Yayo Herrero lo nombra con dos palabras que aquí se ven a simple vista, ecodependencia e interdependencia: la vida humana se sostiene en entramados de cuidado que van más allá de lo humano (La vida en el centro. Voces y relatos ecofeministas, con Marta Pascual y María González Reyes, Libros en Acción, 2018). Y María Sánchez recuerda en Tierra de mujeres (Seix Barral, 2019) que el campo se cuenta casi siempre desde fuera, por quien lo visita y no por quien lo carga y sostiene.
Mirar así exige el esfuerzo de mirar con ojos ajenos, los de quienes estuvieron antes, y entender cómo construyeron: con materiales que la tierra puede deshacer y con bienes de uso común. En Valsurbio no había agua en las casas; había un manantial para todos. El derecho de acceso iba unido al deber de cuidarlo, y de ahí se aprende algo sobre cómo orientar hoy los usos del suelo hacia vidas vivibles, presentes y futuras. Estas imágenes acompañan ese tránsito y abren preguntas: qué dejamos, cómo volver a habitar sin herir.
La palabra recolonizar no es inocente: nombra primero lo que unos pueblos hicieron con otros. La uso a propósito, porque aquí también hay un desalojo antes que un retorno.
Hoja de sala de la exposición, reproducida tal como se publicó en 2024. Algunos datos difieren de los de arriba.
Hoja de sala (Fundación Díaz-Caneja, 2024)
M.ª JESÚS PRIETO: Cianotipias Sala 1: Del 30 de mayo al 30 de junio de 2024
Esta exposición reúne tres series realizadas por la artista que tienen en común una misma técnica: la cianotipia.
Es un procedimiento artesanal de impresión de negativos en monocromo, realizada a través de una emulsión que revela las imágenes sobre cualquier soporte absorbente en diversos tonos de azul. Ajuar personal se compone de un conjunto de obras que recogen aquellos objetos que la artista considera imprescindibles para inaugurar un nuevo hogar, ya sea físico o vital. En Geografías recolonizadas: la devolución de Valsurbio a la naturaleza, M.ª Jesús Prieto ha trabajado en esta localidad despoblada y expoliada para reflexionar sobre la crisis ambiental y el paso del tiempo. Por último, las imágenes de Botánicas muestran la vegetación de la Montaña Palentina.
El ajuar, según la RAE, es el conjunto de muebles, enseres y ropas de uso común en la casa. En su segunda acepción es ese grupo de bienes aportados por la mujer al matrimonio. Partiendo de esta definición, las mujeres incorporaban a la nueva convivencia la posibilidad de bienestar: para el descanso, la alimentación, el calor, la higiene y los cuidados. Todo ello en el espacio doméstico, sin acceso al poder ni al derecho a ser sujeto. Siglos de lucha para alcanzar la ciudadanía plena, la capacidad de obrar y la asunción de la cuota de poder hicieron obligado subvertir el orden establecido.
Por eso se hace necesario renovar los utensilios que han de aportarse al nuevo hogar, en soledad o en compañía. Nuevo ajuar para uso propio y para compartir con todas las personas, en sus diversas identidades, que nos acompañan a lo largo de la vida. En Ajuar personal, las imágenes recogen la actitud contraria a «llevarse las manos a la cabeza», esa expresión atávica con tres significados distintos, pero todos pertinentes en esta obra: protección ante un sobresalto, empatía hacia el semejante o vergüenza por algún fallo propio. En este ajuar, las manos no van desnudas.
Geografías recolonizadas se centra en la localidad de Valsurbio, un pueblo abandonado en el invierno de 1970 y situado al norte de Palencia, a 1.500 m de altitud. Un pueblo sin luz ni agua y cuyos habitantes se dedicaban al cuidado de ganado y al cultivo de cereales, patatas y frutales, hasta que la llegada de la minería en la zona cercana ofreció un futuro mejor para los y las jóvenes de dicha población. La dificultad de acceso hasta su ubicación ha permitido que, con lentitud, cada piedra haya ido cobijando musgos, líquenes y animales; el silencio ha permitido la nidificación de pájaros y el asentamiento de pequeños mamíferos; árboles y arbustos han extendido su dominio por caminos, patios y habitaciones. En esta devolución a la naturaleza de lo que, en principio, fue suyo, llama la atención que las huellas humanas se integren en la nueva geografía sin que se encuentren escombros, basura o cualquier elemento no compostables o que no sea un producto de la propia tierra. Una recolonización natural que nos permite reflexionar sobre lo efímero del ser humano, el tiempo y la muerte.
Biografía
M.ª Jesús Prieto (Palencia, 1962) es docente, escritora y artista visual. Se formó como maestra en la Escuela de Educación de Palencia en 1986 y se licenció en Filosofía por la UNED en 2002. Es diplomada en Estudios Avanzados en Filosofía Moral en 2009 y Experta Universitaria en Salud, Demografía y Sociedad de la Población Anciana por el Instituto de Salud Carlos III-UNED en 2012. Creó la asociación «Olbios» para activar la racionalidad, los valores éticos y el sentimiento de vínculo cívico, a través de la imagen y la palabra, impulsando proyectos y acciones dirigidas a mejorar la sociedad. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en salas y museos de la comunidad de Castilla y León, en la Universidad de Valladolid, en galerías de arte y otros espacios implicados en proyectos sociales. Colabora habitualmente con la prensa escrita y es miembro electo de asociaciones culturales y artísticas de ámbito local y autonómico.
FUNDACIÓN DÍAZ-CANEJA C/ Lope de Vega, 2 — 34001 Palencia T. +34 979 747 392
Ficha técnica
Serie: Recolonizaciones (Serie IV). 28 cianotipias de Valsurbio y 6 cianotipias botánicas de gran formato
Lugar: Valsurbio (Velilla del Río Carrión, Palencia), Montaña Palentina
Trabajo de campo: Invierno–primavera de 2024
Soporte: Papel de acuarela 100 % algodón, Saunders Waterford
Procedimiento: Catorce piezas a partir de negativo digital (desde RAW) pasado a acetato y contactado sobre el papel emulsionado. Las seis botánicas, por contacto directo de la planta recogida en el lugar
Exposición: Luz solar; tiempos variables según la densidad del negativo
Revelado / lavado: Agua corriente; secado al aire
Virados: Limón, jabón, cúrcuma y vegetales de la zona
Progresión: En las catorce piezas restantes el virado avanza pieza a pieza hasta cubrir la imagen por completo
Formato de obra: A3 aproximadamente, variable según pieza; gran formato en las botánicas
Digitalización: Escáner plano; limpieza de polvo; perfil sRGB para web
Año: 2024
Fuentes. Wifredo Román Ibáñez reunió en Valsurbio: un pueblo enterrado en el pasado (Aruz Ediciones, Palencia) la historia del pueblo, su despoblación y los testimonios de quienes vivieron allí: los oficios, las costumbres, la vida antes del silencio. Su reportaje sobre Valsurbio está en la web de la editorial. Es, que yo sepa, lo único escrito sobre este pueblo.
La encina se inclina como si tomase aire. El horizonte es alto y la luz, blanca azulada. El paisaje no espera detrás: narra. La intervención, ese polvillo de anillos lechosos y brumas bajas, hace visible lo que sustenta la escena y casi nunca miramos: esporas, humedad, alientos del sotobosque, sudor. Mirar así es apartarse un poco, dejar al árbol y a la atmósfera que lo envuelve, y nos abraza, su propio gesto. Quizá así podamos escuchar otras lenguas.
Lo imposible, aquí, es método: una capa fotográfica y otra dibujada donde naturaleza y técnica se componen juntas. Sin estrépito, con lentitud: corteza plateada, giros del tronco, rumor efervescente del suelo y la hierba. La imagen pregunta por lo importante que no vemos (pequeños brotes, insectos ínfimos, vapor de humus) y por lo que falta: cuidados, manos, tiempo.
¿Qué podemos devolver nosotras? Un uso que no arrase, recoger las pequeñas basuras, una conversación abierta con quien habita el lugar, pedir al ayuntamiento que cuide lo que también es suyo.
Si el aire tuviera escritura, quizá se parecería a estas marcas suspendidas; leerlas sería aprender a respirar con el territorio.
«Como por estos sitios tan sano aire no hay, pero no vengo/ a curarme de nada./ Vengo a saber qué hazaña/ vibra en la luz, qué rebelión oscura/ nos arrasa hoy la vida.» Claudio Rodriguez. Primeros versos del poema «Ciudad de meseta»
El poema es de meseta; estos paisajes, del sureste árido. Pero la pregunta es la misma.
Badlands como partitura: estratos, surcos, sombras que marcan un compás de eras geológicas. La vista se expande y obliga a respirar más hondo; la escala humana se encoge sin desaparecer. Aquí el «silencio» nos recuerda que no somos centro: apenas un tránsito. Las fotografías retienen ese acuerdo frágil entre vastedad y cuidado, cuando el ojo aprende a mirar sin apresurarse y el cuerpo se vuelve barómetro de luz y aire. O paz.
«No es que fuéramos felices por entonces, pero había ese instante de música en los ojos, esa pura belleza de lo efímero que sólo ha de durar lo que un silencio, lo que dura entre dos una canción…«
La música del Tiempo. Luis Alonso
Bodegón en blanco y negro donde el “verde” se vuelve amor y memoria. Jarrón, eucalipto y una manzana verde doncella. Una especie a punto de perderse. La ausencia de color destaca luz, pieles, brillos y densidades; convierte la variedad en relato táctil más que cromático.
La escena contrapone ritmos: el eucalipto, veloz, expansivo y envolvente; la manzana local, lenta y frágil en su pervivencia. No es un choque moral, sino una alerta: ¿Qué cultivos sostenemos y cuáles dejamos caer? Conservar una variedad no es épica, es cuidar, podar, compartir esquejes, nombrar. La verde doncella es pequeña y de forma irregular, (nada bueno para los supermercados), pero jugosa y dulce como pocas.
La pequeña manzana nos habla de persistencia: una forma de vida que reclama vínculo con el territorio. El bodegón propone una ética simple: mirar despacio, nombrar lo que se apaga y devolverlo a la mesa común.