Una barca descansa lejos de la orilla. El mar apenas respira. Cielo y agua se confunden en un gris perlado que disuelve las fronteras.
El tiempo parece suspendido. No trabaja, pero tampoco está desahuciada. Sus cicatrices permiten navegar. Solo es un «entretiempo», un modo de existir fuera de la utilidad.
Un recordatorio de que también los objetos, los cuerpos o las vidas pueden reposar antes de volver al agua.
Me escribe una amiga quejándose de que se ‘entretiene’ mucho con demasiadas cosas, y me pregunta si a mí me pasa algo semejante. ‘¡A Noé le vas a hablar de la lluvia!’, murmuro para mis adentros. De sobra sabe ella que sí. Y no sólo es que yo me entretenga con facilidad sino que me distraigo con casi cualquier cosa. A tal efecto, me valen por igual una noticia irrelevante oída en la radio que mirar por la ventana y ver llover; la disposición de los papeles o pequeños objetos que me encuentro cada mañana sobre la mesa donde escribo –taza de café, lápiz, agenda, bolígrafo, cargador del móvil, notas, papeles, el manuscrito de un poemario inédito de Paco Layna…– compite en interés, en capacidad de distracción, con los pensamientos que ocuparon mi mente desde que me desperté hoy a las 6.23 hasta que encendí la radio a las 7.15…